lunes, 18 de junio de 2012

UNA PEQUEÑA HISTORIA REAL DE COMO LLEGUE AL BILLAR

Unas veces nos toco a nosotros los maestros una situación difícil en el primer colegio que trabajé: cierta gente entraba armada hasta los dientes a la institución, manteníamos las pelotas en la garganta  pues no sabíamos a quien era el que iban a matar, el miedo era de todos, nos sentíamos secuestrados, no bajaba nadie del Estado, estábamos a 30 minutos del parque principal, nos sentimos  olvidados, como si no valiéramos un berraco peso, ni siquiera el cura bajaba, nunca antes había sentido ese sentimiento de estar tan desvalido.

El maestro sindicalista le ponía como cinco palos a la puerta de la casa en la noche por si entraban a sacarlo. Ese tiempo fue lo más horrible para todos, una película de terror le queda en pañales, dos maestros quedaron en procesos psiquiátricos y yo me mantuve con psicoanálisis y acupuntura. Ese sitio  era una de las partes menos calientes del departamento.



El maestro sindicalista y yo para mermar el estrés nos íbamos a jugar billar todos los días, luego paso ese periodo de miedo, paso la calentura y quedé enviciado, seguí jugando con un viejo de la comunidad con ese hablado paisa que hace referencia a cosas jocosas todo el tiempo. Llegue al billar como terapia contra el miedo y me quedé, claro está que en el nivel de marranito.

Aunque es un inicio relacionado con lo negativo, el billar durante mucho tiempo  ha sido un componente positivo, es un juego lleno de competencia sana y amistad, porque tiene su forma de buscar un oponente de un nivel de juego parecido que a su vez sea amigo. El billar ya es una terapia del empleo del tiempo de ocio.

Enrique

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